Conociendo la costa onubense 6-8 abril 2018

Estamos en el año 2018 después de Jesucristo. Toda la Costa de la Luz está ocupada por urbanizaciones e invernaderos... ¿Toda? ¡No! Marismas pobladas por irreductibles aves resisten ahora y siempre a la especulación.


Los habitantes de estas marismas... pero es que acaso hay que presentarlos? Bandadas de flamencos
de alas rojas como el fénix, calamones de un azul profundo casi nocturno, tarros canelo con un plumaje cuyo color hace honor a su nombre y atareadas espátulas pueblan la bellísima Marisma Madre. Junto a ella se levanta la aldea del Rocío, que con sus calles de albero y sus postes para amarrar caballos parece más propia de John Wayne que de las legiones peregrinas que cada año la visitan.

No muy lejos de allí nacen, crecen y se reproducen los linces ibéricos del Acebuche. Pequeñas bolas de pelo recién nacidas se preparan, bajo la atenta mirada de sus madres, para la vida en libertad que les espera en las sierras de Hispania.
En la otra punta de la Costa podemos encontrar los esteros de la desembocadura del Guadiana, lindando con Lusitania. El valiente aventurero o aventurera puede abrirse paso a golpe de remo por ellos para descubrir bandadas de limícolas rastreando el barro en busca del almuerzo.







Y a poca distancia, en el Rompido, las serapias son las encargadas de darle color a las marismas del Río Piedra.
Y como último habitante, pero no menos importante, el pino centenario de Mazagonum, que lleva siglos resistiendo... incluso al fuego.

Mil millones de gracias a Prunieramix, druida de lagout mágica, a Silbelix, domadora de linces, y a Paquitix, jefe de la aldea de Mazagonum, irreductibles y animados galos que me han ayudado a conocer la belleza de esta zona.

(Juan-on)